EL GRITO DEL #CAMPO.


Es normal. Hace mucho que se ha instalado en nuestras consciencias cívicas que el campo, que la labor de la tierra no merece la pena ni vivirla ni trabajarla. El campo es ingrato, dicen. Allí no se trabaja por jornadas sino por jornales. Allí no hay asientos ergonómicos ni ordenadores de última generación ni redes sociales de “tendencia emocional”. Por desgracia, solo hay tierra, trabajo, llagas, sudor, calor, incomodidad, dolor de espalda, de manos, mal comer y muchas horas ¿quién querría esto? Esa mirada urbanita que proyectamos ya desde nuestro “Metaverso”, hacia quienes tienen surcos hondos y oscurecidos en sus caras y manos por pelear 365 días al año contra el Sol y la dureza, ha calado en todos los estratos sociales. Por supuesto en el político, sí, en aquel llamado a dirigir y controlar nuestras vidas. Una pena. Hemos perdido la visión de que incluso nuestra profesión jurídica -¡qué pocos juristas he visto hablar sobre el tema!-, el derecho, nace del “nomos” de la tierra. La autoridad es una palabra que viene del campo: “augüere” que dirían los clásicos: lo que crece, lo que se alza. Allí empieza la vida. Es el lugar del derecho. Del nacimiento de los usos cotidianos de vivir. Frente al orden natural de la tierra, la civilización busca el orden artificial de las instituciones. Ese desprecio urbanita hacia el campo lo vamos a pagar caro. Porque es un desprecio hacia la vida. Hemos abandonado nuestros campos a una superestructura de intereses y burocracias a la que se llama “la Europa”. Esa misma, que no se olvida, ni mucho menos, donde están las playas de Cádiz, las gambas de Huelva o el Sol de Denia. Hemos permitido la especulación incluso la destrucción escalonada de los productos, para aceptar que otros países nos importen aunque sea con fitosanitarios que nos hagan mutar el ADN. La “solidaridad europea” es lo más importante, comentan. El proteger lo nuestro frente a lo otro es de fascista, recuerden. Una pena. Mi abuela quedó prácticamente ciega por derrame ocular por llevar kilos de patatas en la cabeza para venderlas en los puestos de las nuevas ciudades. No nos hemos dado cuenta de que son quienes nos dan de comer. Como he dicho, allí es donde crece la vida. En las ciudades, donde se inventó el delito. Ahora, cuando hemos ido a comprar leche, aceite, cereal nos hemos dado cuenta de que no hay. Que no crecen en la trastienda de los supermercados. Esta noche se ha llegado a un acuerdo para bajar el precio del gasóleo y una ayuda directa al sector. No era para menos. El campo ha dicho basta. Y la vida se ha parado. La ciudad no puede vivir a costa de la gente del campo. Estar en “la Europa” no puede implicar el sacrifico de quienes nos dan de comer. Estamos en la tormenta perfecta. El malísimo de Putin nos ha dejado sin cereal, gas e hidrocarburos. Pero la UE tiene un plan: ha hablado con Zuckerberg y ha creado una pastilla roja que convierte el hambre en un mero dato digital.


La pastilla se llamará: Idiocia.

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