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FRANCIA, ARDE.

Sorprende que a estas alturas todavia no se sepa que al derecho solo lo sujeta la fuerza. La fuerza ha sobrevivido al derecho, ya lo ha demostrado. El derecho, jamas sin la fuerza. Decía Ihering, que el derecho sin la fuerza es una antorcha que no alumbra. La fuerza hace del derecho lo que “debe ser”. Su diferencia con la moral se halla en su alcance. La moral llega donde no llega el derecho. Pero éste llega con una intensidad que no llega la moral. El derecho nace de la convicción obligatoria de una pauta, cuyo “tempo” crea un orden. Y ese orden se mantiene por la fuerza. Nada más. Las apelaciones a principios y valores, no hacen al derecho un orden. Solo constituyen su fundamento. Sin embargo, la fuerza no es la parte coactiva del derecho, sino la parte reactiva de lo jurídico, es decir, de una imposición -violenta- legítima de la organización constituida en Estado. El derecho coibe. Pero solo es orden cuando impone. Sin estas condiciones no hay derecho. Y sin esto, no hay Estado, ni Estado de derecho ni derecho del Estado. La ilustración -devenida en Francia- se equivocó. Dio luz a la ciencia. Pero abocó irracionalidad al derecho. Por mucho que apelaran a la Diosa Razón, la ley era la “voluntad general”, una voluntad que no era la de todos ni de nadie. Una suerte de voluntad abstrativa que hacía a los legisladores ángeles en la tierra. El punto final lo puso la codificación napoleónica. Dirán, “no sé de dónde deriva el derecho pero al menos cabe en un código”. El desarrollo civilizatorio posterior creyó fundar el derecho en los derechos subjetivos y éstos en la dignidad personal. Un concepto cultural y por tanto, no universal. Todo el mundo conoce la amenaza de una pistola. No todos el valor de una vida y de la libertad. La consecuencia fue que lo importante no era quien defendería estos derechos o cómo se reaccionaria frente a sus violaciones, sino únicamente que estuvieran solemnemente proclamados en cartas constitucionales. El derecho reducido a mera declaración de intenciones. La actual convicción socialmoralista y “woke” de equiparar la violencia legítima estatal con cualquier pulsión violenta ciudadana, categorizó como reaccionario y facistoide todo lo que vinera por la fuerza. Lo mismo valía para denostarlo, el asalto a tiendas de Loewe aprovechandose de una manifestación que el policía que pretendía por la fuerza evitar dicha acción. La violencia per se es rechazable.

Los Estados occidentales empezaron a desarmarse psicológica y materialmente. El Estado como conjunto de libertades y servicios públicos pagados por los únicos que eran capaces de producir para la organización social. Para los que no, les asistía el principio de solidaridad. En ese espacio no se admite la violencia, de ninguna clase. Llegada la violencia, el Estado se halla desarmado de reacción legítima. Si reacciona, es tachado de Estado fascista Y aquí nos encontramos, viendo arder a la Libertad, Igualdad y Fraterinidad, bajo la sonrisa de los bárbaros.



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