"SOBRE EL PRECIO DE LA LEY"

El Derecho no existe en España, existe la Ley. Pero, ¿Qué diferencia hay entre una cosa y otra? El Derecho es la costumbre, la Ley viene a positivar una serie de normas que deben estar en consonancia a la realidad secular de un pueblo y resolver un conflicto de intereses. En el Derecho canónico no existe la palabra legitimidad, solo legalidad (legalis), ya que toda norma por definición es justa al provenir de Dios.


España no tiene tradición consolidada en el terreno del Derecho con mayúsculas, salvo la gloriosa etapa de la Escuela de Salamanca y algunas singularidades geniales, no existe una escuela jurídica comparable por ejemplo, a la de Alemania o Italia. Ya en el Siglo XX, la llegada de ´maestros´ como García de Enterría o los célebres magistrados como García Pelayo, no venían sino a seguir la estela de los grandes juristas italianos y alemanes principalmente.


Teniendo lo anterior presente, es la locución schmittiana «der motorisierte Gesetzgeber», legislador motorizado, la que explica cómo el Gobierno mediante decretos-leyes suplanta al legislador, siendo en el caso de los Estados de Partidos todavía más grave, ya que al no existir en ellos separación de poderes ni representación, es el Parlamento (Gobierno) quien opera del mismo modo aprobando Leyes. Hay que recordar para algunos, que en los Parlamentos de los Estados de Partidos, como el de España, cohabitan en la misma persona el Poder legislativo y el Poder ejecutivo, esto es, diputado y ministro o diputado y presidente del gobierno. El colmo de la obscenidad se presenta cuando existe un Partido con mayoría absoluta, pues en este caso, se hace y ejecuta la Ley sin ni siquiera tener la necesidad de recurrir al mercadeo del consenso.



En otro orden de cosas, son los Jefes de partido quienes hacen las listas de los diputados que votan los españoles. Estos diputados están a las órdenes de su empleador, que es quien les ordena siempre lo que tienen que votar, debiendo cumplir todos ellos agradecida y obedientemente como buenos empleados que son. Si de manera fortuita algún despistado no lo ha hace, dicho caso de herejía es tratado con la terapia democrática de la disciplina de voto, que dependiendo de la prescripción del Jefe de partido, hará que el empleado evolucione hacia una sanción o un despido.


Esta nomorrea de la ley positiva, se convierte una herramienta que no sirve para resolver un conflicto de intereses (Ihering) que pueda existir en la sociedad, sino el creado artificialmente por la clase política con el objeto de perpetuarse en el poder inoculando ideología. En este contexto, el legislador no persigue otro propósito que el de modificar la forma de accionamiento social, y por lo tanto, cambiar el modo colectivo de vivir y entender el mundo mediante Leyes ideológicas que no legítimas.


Para tal fin ideológico, la corrupción política corrompe y destruye el lenguaje (todos y todas, ciudadanos y ciudadanas, elles, todes, género, identidad, empoderar), vehículo del pensamiento, siendo la camisa de fuerza de éste e impidiéndole escapar del sendero marcado. Lo importante es lo que uno se siente, no lo que es. Los hechos ya no son los hechos porque dependen del sentimiento de cada cual.




Lo anterior, sumado a lo advertido por Montesquieu acerca de los jueces como: «el instrumento que pronuncia las palabras de la ley («la bouche qui prononce les paroles de la loi»), seres inanimados, que no pueden moderar ni la fuerza ni el rigor de las leyes», de ahí que el poder de juzgar («la puissance de juger») sea, en cierto modo, nulo («en quelque façon nulle»), supone un cóctel explosivo, que acto seguido, hace que nos acordemos de de Von Kirchman:


"La ignorancia, la negligencia y la pasión del legislador son su materia. Incluso el genio se convierte en instrumento de la sinrazón, ofreciendo para justificarla toda su pericia, todo su saber. Los abogados se han convertido en gusanos de la ley positiva que solo viven en la madera podrida. Alejándose de la sana, sólo anidan en la enferma. Al convertir lo accidental en su objeto, la ciencia misma se vuelve accidental: tres palabras rectificadoras del legislador y bibliotecas enteras se convierten en papel mojado [Drei berichtigende Worte des Gesetzgebers und ganze Bibliothekenwerden zu Makulatur]”.



Es en este ecosistema descrito, en el cual el control concentrado de la Constitución es llevado cabo por un Tribunal que nombran los Partidos, donde deviene imposible la libertad política y se crea en cambio un círculo vicioso para aniquilar el Derecho. La tontería recogida en nuestra Constitución del 78, haciendo creer que el poder judicial es la independencia de los jueces, confunde todavía aún más a los que con la misma solemnidad que ignorancia defienden a “la que nos hemos dado”.


La falta de un ordenamiento con principios generales sólidos, empezando por una auténtica Constitución con separación de poderes, sumado a: la inexistencia de una verdadera representación política elegida y vinculada al ciudadano (diputado de distrito) no al Partido, la elección en España de un control constitucional concentrado (Tribunal Constitucional) frente a un control constitucional difuso (EE.UU), donde un juez de primera instancia puede no aplicar una Ley por contravenir la Constitución, nos ha llevado inexorablemente a la degeneración y destrucción del Derecho en España.


Por supuesto, todo lo anterior excusaría a Von Kirchman para otorgar la categoría de ciencia al Derecho, y es que el jurista alemán le negó tal distinción, por considerar que estaba sujeto al devenir cambiante y fluctuante de las Leyes, doctrinas y sentencias, que convertían al Derecho en un objeto en constante cambio y le hacía imposible tener unos principios o certezas firmes.


La Constitución del 78, origen seminal de todos los males que padecemos, la cual muy orgullosa acoge en su seno a todos los enemigos de la Nación, es el DER SATZ VOM GRUND, el Principio del Fundamento, para que los irresponsables e insolventes mentales que ocupan el Gobierno y parlamento español, puedan mediante esa legislación motorizada, implantar todo tipo de baratijas legales si ningún valor, pero por las que pagaremos un precio muy alto.




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